Campamento de Monaguillos

Queridos amigos del IVE:

Queríamos comentarles del campamento de monaguillos que hemos podido realizar en nuestra Parroquia “Cristo Rey” de Ciudad del Este, Paraguay.

Tenemos la dicha en esta Parroquia de gozar de la compañía en nuestras celebraciones litúrgicas de varios monaguillos. Se calculan unos 270 aproximadamente en toda la extensión parroquial, que implica el templo parroquial y sus 24 capillas.
Desde los inicios acá se vio que esta gracia tan especial que Dios nos concedía debíamos aprovecharla particularmente, cuidando a tantos niños y adolescentes que querían estar junto a Él como “servidores del altar”. No nos hemos olvidado de aquello que dejaba como enseñanza San Juan Pablo II en su carta a los sacerdotes del año 2004, donde decía: «Cuidad especialmente de los monaguillos, que son como un “vivero” de vocaciones sacerdotales».

Esta vez la preparación del campamento se inició en el mes de agosto de 2016, cuando nos pusimos con los chicos varias metas para el campamento:

1. Poder hacerlo de una semana junto al Lago Acaray.
2. Mandar a confeccionar una remera del grupo, una camiseta de fútbol que nos represente (pues aquí las jornadas de monaguillos, de las cuales les contaremos en otra ocasión, se realizan en un marco de competencias futbolístico-catequéticas), y una gorra (quepi como le dicen aquí).

La idea era grande, por lo que necesitábamos más dinero que en el campamento anterior. Para eso ideamos el vender pequeños libros clásicos de la espiritualidad católica: “La carta a los amigos de la cruz” de San Luis María de Montfort, “El secreto de María” del mismo santo, un breve libro sobre la Adoración al Santísimo Sacramento, el capítulo del “Catecismo de la Iglesia Católica” sobre el matrimonio; “El abandono confiado en la Divina Providencia” de San Claudio de la Colombiere, etc. los libros debían ser buenos, para no defraudar al comprador, y breves, pues recordábamos aquella frase de San Antonio María Claret que dice: « Uno de los medios que la experiencia me ha enseñado como el más poderoso para el bien, es la imprenta. No todos pueden oír la divina Palabra, pero todos pueden leer un buen libro. El predicador no siempre podrá estar predicando, pero el libro siempre estará diciendo lo mismo, nunca se cansa, siempre está dispuesto a repetir lo mismo, una y mil veces.

Hoy en día, la lectura de libros buenos es de absoluta necesidad. Los libros han de ser pequeños, porque la gente anda de prisa. Los libros pesados y gruesos son sólo para llenar las estanterías de las bibliotecas».

Estas ventas de libros se realizaron a la salida de las Misas en el templo parroquial y en varias de las capillas, con lo cual, pudimos cubrir todos los gastos, pues vendimos aproximadamente uno “800” libros. Y creo que esto es muy importante pues el apostolado fue doble, por un lado el juntar los fondos para el campamento y por otro el apostolado de la buena prensa del que tanto encomiables ejemplos hemos recibido durante el tiempo de nuestra formación de nuestro querido Monseñor Victorino Ortego, el adalid de la buena prensa.

El campamento se inició el lunes 23 de enero, aunque ya el día antes un pequeño grupo de ayudantes, en compañía del P. Enzo Cuenca y yo nos fuimos al lugar de las actividades para poder dejar todo ya dispuesto.

A las 10 de la mañana del lunes recibimos a los chicos, dividimos los equipos, que tuvieron por patronos a San Alfonso María de Ligorio (el equipo azul), a San Felipe Neri (el equipo amarillo) y San Leonardo de Porto Mauricio (el equipo rojo). En ese mismo momento se les entregó las camisetas de fútbol y las gorras que deberían usar como distintivos de equipo. A la vez se distribuyó el material que necesitarían para las actividades que implicaban preparación previa y las listas de buena fe.

Los juegos fueron de lo más variado, tanto deportivos, intelectuales como religiosos. Ciertamente que los intelectuales y religiosos gozaban de un puntaje mayor. Y a lo largo de los días también se fueron ocurriendo juegos nuevos.
Como teníamos la dicha de estar junto a un brazo del lago Acaray que no es tan profundo en la costa, los chicos con la vigilancia continua de 3 ayudantes adultos, 2 jóvenes y los 2 padres pudieron bañarse al menos 3 veces por día.

El momento más especial del día era nuestra Santa Misa, en la que los chicos se revestían como monaguillos, aunque a modo anecdótico aparecían con pantalón corto debajo de la túnica, o con zapatillas (así le dicen a lo que en Argentina se llama ojotas). También fueron lindos momentos de oración los rosarios comunitarios que cada día rezamos. Y las charlas formativas, tanto del oficio propio de ellos, como formativas en lo humano y en lo cristiano. Así escucharon charlas sobre la pureza, las buenas amistades, la oración, el cumplimiento de los propios deberes, el respeto, etc. En esto nos esforzamos por seguir aquel precioso consejo del Padre Carlos Buela, nuestro fundador, quien en el libro “Mi Parroquia” dice hablando de los campamentos: «…se distinguirán por dos actos fuertes: por la Santa Misa a la mañana y el rezo del Santo Rosario por la tarde, y se buscará vivir la vida de la gracia en profundidad. Aprovechando el tiempo para hablar de cosas espirituales con el Asesor del campamento y los demás compañeros, escuchando alguna charla sobre temas serios, edificándose con la mutua caridad y alegría, ayudándose unos a otros».

Las comidas de esos días, con mucha generosidad las prepararon un grupo de señoras de la capilla “Virgen de Caacupé”, que se encuentra a tres cuadras del lugar del campamento.

El último día tuvimos varias de las competencias intelectuales y religiosas, entre las que cabe destacar la de catecismo, la de conocimiento de monaguillo, la de estandartes e himnos. Luego de eso vino la entrega de premios que consistió en entregar la nueva remera de los monaguillos a cada chico, premios especiales a actitudes especiales, y premio al equipo ganador de todos los juegos, que resultó ser el equipo de San Leonardo (los rojos).

No nos queda más que agradecer a Dios por las inmensas bendiciones recibidas en estos días, y la buena marca que se pueda haber dejado en las almas de cada uno de ellos, pues hemos cumplido con aquel consejo de San Juan Bosco que dice: «Para ejercer una influencia benéfica entre los niños, es indispensable participar de sus alegrías». Rogamos al Señor que la pequeña semilla sembrada se transforme en santos sacerdotes y laicos para la Iglesia.

Aprovechamos la ocasión para encomendarnos una vez más a sus oraciones e invitar a quienes aún estén pensando qué hacer de sus vidas a que las entreguen de modo total por amor al Rey de Reyes, Nuestro Señor Jesucristo.

En el Verbo Encarnado y su Madre, la Virgen de Caacupé, Dios nos bendiga a todos y nos lleve al Cielo.

Padre Pablo Daniel Pérez, IVE

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