Fiesta de la Presentación del Señor

El día de la Presentación del Señor es un día muy especial para todos los que formamos parte de esta Parroquia, pues es una fiesta de alegría a la que podríamos llamar, como después explicaremos, una fiesta de la luz. Es un día especial porque se celebra a Nuestra Señora de la Candelaria también, patrona de los grupos de Servidores de los santos Simeón y Ana, quienes por propia iniciativa, al igual que los monaguillos y ministros de la Eucaristía, se han convertido en “Servidores del altar”. Es un día de alegría porque la Iglesia entera, por deseo de San Juan Pablo II, celebra el día del religioso, y nuestra congregación en particular, “el día del religioso del Verbo Encarnado”.

Todos estos motivos nos llevaron a celebrar con entusiasmo esta fiesta hermosa en el Templo Parroquia, en compañía de los servidores, de las religiosas Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará y de todo el pueblo fiel que vino a participar de la Eucaristía y de la “bendición de las candelas”.

Cuarenta días después de la Navidad recordamos el día en que el Señor fue llevado al Templo para cumplir con exactitud la ley de Moisés, pero principalmente recordamos que Cristo, Luz que ilumina a todo hombre, sale al encuentro de su pueblo santo, convirtiéndose en “Luz de Salvación” para todos.

Es esa Luz con mayúsculas, Cristo Nuestro Señor, quien enciende las luces de nuestra fe por medio del Espíritu Santo en nuestros corazones. Es esa misma Luz la que nos llama a convertirnos en testigos de la “Luz”, anunciando al mundo que las tinieblas de muerte, que por el pecado lo tenía prisionero, han sido rotas de forma definitiva por el que es “Luz del mundo”.

Y nosotros, los cristianos, somos como esas pequeñas velas que en esta fiesta hemos bendecido. Somos pequeñas luces que destruyen la oscuridad aberrante de este mundo pecador, y ¡qué hermosa función la nuestra, desde nuestra debilidad destruir las espesas tinieblas del pecado!
Hemos sido elegidos por Cristo para ser pequeños cirios que con su luz se extiendan a lo largo y ancho del mundo exterminando las tinieblas de la noche del pecado. Es una misión grande y bellísima. Fuimos llamados a ser prolongaciones de Cristo, “pequeños cristos”, luces brillantes que iluminen.

Pero la cosa no queda aquí, porque además de la misión general y grande a la que Cristo nos llama a todos, invita a algunos a una misión más elevada. Como todas las misiones de Cristo es algo desafiante, que implica ponerse en lucha directa contra el mal y los poderes del mal, quienes guerrearán con todas sus fuerzas contra el elegido, pero que mostrarán su incapacidad de obrar ante un pequeño gramo de gracia divina. Esta es la realidad, el más mínimo aporte de la gracia vale más que cientos de miles de pecados, y eso el infierno lo sabe, y por eso trata de acobardar, achicar o matar a los que deciden luchar contra sus ilusorias fuerzas. Sabe el demonio y los que lo siguen por el pecado que un alma que obedece a Dios vale más que todos los rebeldes, y hace más que todos los ellos; está perfectamente enterado el jefe de los malvados que un alma desprendida de todas las cosas de la tierra tiene más peso que todos los que están encadenados a estas pequeñas porquerías pasajeras del mundo; no se engañan los que obran el mal al comprender que un alma que vive bien su pureza es más fuerte en el orden espiritual que millones de pecadores que viven sumergidos en la impureza; y todo esto por la simple razón de que la Gracia de Dios, es decir, la Luz que nos comunica Cristo, es más potente que los más caudalosos mares del pecado, pues la Gracia de Dios es algo, en cambio el pecado no es más que la falta de Gracia. Así, cuando aparece la Gracia, por poca que sea, ya supera todo el pecado, porque el pecado es por naturaleza “falta de algo”.
Los religiosos son en el mundo antorchas preciosas elegidas por Cristo para brillar de un modo particular entre los hermanos en la fe. Y deben tomar conciencia de lo que son.

Fueron elegidos para consagrarse, es decir, hacerse sagrados. Desde el día en que libremente profesan ante Dios sus votos religiosos, se convierten en antorchas sagradas de la iglesia, que la iluminan, la embellecen y la guían con su ejemplo al fin común de los hombres: el Cielo.

Es por todo esto que el Papa San Juan Pablo II, en el año 1997, al instituir este día como día del religioso, decía: «La celebración de la Jornada de la vida consagrada, que tendrá lugar por primera vez el próximo 2 de febrero, quiere ayudar a toda la Iglesia a valorar cada vez más el testimonio de quienes han elegido seguir a Cristo de cerca mediante la práctica de los consejos evangélicos y, al mismo tiempo, quiere ser para las personas consagradas una ocasión propicia para renovar los propósitos y reavivar los sentimientos que deben inspirar su entrega al Señor».

Dios, nuestro Padre, y Santa María de la Candelaria, nuestra Madre, nos concedan a todos ser luces que iluminen este mundo con su gracia, y les conceda a los que han sido elegidos para una misión especial el ser fieles a tal Don venido de lo alto.

Padre Pablo Pérez, IVE

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