Los difuntos del IVE

San Juan Pablo II escribió: “La forma primera y más elevada de caridad con los hermanos es el anhelo de su salvación eterna. El amor cristiano no conoce confines y supera incluso los límites del espacio y del tiempo, permitiéndonos amar a cuantos ya han abandonado esta tierra[1]“.

Es por esto que el pasado 8 de febrero, aniversario de la partida a la casa del Padre del primer miembro fallecido de nuestra Familia Religiosa, el seminarista Marcelo Javier Morsella, hemos compartido una Adoración al Santísimo Sacramento continuada, desde las 7:00 de la mañana a las 19:00 de la tarde pidiendo por las almas de los que han muerto en Cristo. Posteriormente celebramos la Santa Misa pidiendo por los difuntos del Instituto del Verbo Encarnado, del Instituto Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará (las hermanas), y por los miembros de la Tercera Orden de nuestra Familia ya fallecidos.

Ha sido un encuentro especial con el Señor, Verbo Encarnado, para pedirle por el eterno descanso de los que son nuestros hermanos en la Familia Religiosa.

El pasado 28 de enero, el superior general del IVE, el P. Gustavo Nieto, instituyó esta fecha del 8 de febrero como el día en que en la Congregación rezaremos por las almas de nuestros difuntos, para alcanzar por nuestra pobre ayuda el Cielo que desean a los que tal vez estén aún en el Purgatorio.

“Pedir al Señor por los muertos y, de modo especial, por las almas del purgatorio, exige de nosotros ojos atentos de fe, pues ellos son los mendigos que transitan por las calles frías de nuestra indiferencia y tantas veces de nuestras distracciones diarias, con el vivo deseo de que les demos nuestra atención, y brindemos la ayuda que necesitan.

Las almas del purgatorio ya no tienen manos físicas para pedir auxilio y misericordia; no podemos, como a un mendigo en la tierra, mirar sus ojos tristes y cansados, dirigirle nuestras palabras y gestos, intentando ofrecerles un consuelo. Pero eso sí, con la valentía de nuestra fe, podemos dirigir nuestras oraciones al Padre, para que cuanto antes esas almas reciban la Gloria eterna, el consuelo y la paz que tanto anhelan.

Ofrecemos nuestras oraciones por las almas que están en el purgatorio porque creemos que el amor es más fuerte que la misma muerte. Nuestra fe nos da la certeza de que podemos seguir haciendo el bien a aquellos que amamos, y ni siquiera la barrera del sepulcro nos puede impedir manifestarles nuestro amor”[2].

[1] Mensaje a las religiosas Mínimas de Nuestra Señora del sufragio, 2 de septiembre de 2002.

[2] Tomado de http://es.catholic.net/op/articulos/60655/cat/1138/7-rezar-a-dios-por-los-vivos-y-por-los-difuntos.html