Sufre el Cuerpo de Cristo

Esta semana he podido visitar a los enfermos y ancianos de la zona del templo parroquial a los que semanalmente las Servidoras del Señor y de la Virgen de Matará les llevan la Sagrada Comunión.

Ha sido muy edificante ver como muchos de ellos cargan con la cruz de la enfermedad o de los años de un modo eminentemente sobrenatural, aceptando con cristiana resignación nuestra realidad.

San Juan Pablo II reflexionaba sobre esto diciendo: «La enfermedad, que en la experiencia diaria se percibe como una frustración de la fuerza vital natural, se convierte para los creyentes en una invitación a “leer” la nueva y difícil situación, en la perspectiva propia de la fe. Fuera de ella, por otra parte, ¿cómo se puede descubrir, en el momento de la prueba, la aportación constructiva del dolor?, ¿cómo dar significado y valor a la angustia, a la inquietud, a los males físicos y psíquicos que acompañan a nuestra condición mortal?, y ¿qué justificación se puede encontrar para el declive de la vejez y para la meta final de la muerte que, a pesar de los progresos científicos y tecnológicos siguen subsistiendo inexorablemente?

Sí, solamente en Cristo, Verbo Encarnado, redentor del hombre y vencedor de la muerte, es posible encontrar la respuesta satisfactoria para esas preguntas fundamentales.

A la luz de la muerte y resurrección de Cristo la enfermedad no aparece ya como hecho exclusivamente negativo: más bien, se contempla como una “visita de Dios”, como una ocasión “para provocar amor, para hacer nacer obras de amor al prójimo, para transformar toda la civilización humana en la civilización del amor” (Carta apostólica Salvifici doloris, 30; cf. L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 19 de febrero de 1984, p. 16)»[1].

Son estos temas mencionados por el Santo Papa los que me daban vueltas mientras podía administrar los sacramentos a estos amadísimos hijos de la Iglesia.

Por un lado, la contemplación de la realidad corpórea me invitaba a dedicarles tiempo, a no hacer una visita de médico, sino a interesarme por sus historias, dolores y penas. Habiéndome detenido en esto encontré detrás al hombre, un ser maravilloso, tan divino y tan débil; capaz de ser feliz a pesar del dolor y capaz de hundirse en un dolor que jamás otro ser haya podido experimentar. Me encontré con los dolores del Cuerpo de Cristo de los que habla San Pablo[2], y me gocé, porque fui hallado digno de tocar lo excelso, la profundidad del misterio de Cristo que ellos viven cada día, mientras yo era invitado a una mínima participación de espectador.

Por otro lado puede ver una vez más la inmensidad del don que se me ha conferido, pues yo, pecador y miserable como soy. Tan débil, tan infiel, tan poco, soy el encargado de llevarles la salvación, y hacer que sus méritos, de terrenos se hagan celestiales. Y pude valorar mi vocación; pues entendiendo toda la miseria que hay detrás de mí, el Señor me suscitó una pregunta que otras veces he formulado, ¿si yo no hubiese estado, quién les administraría los sacramentos?, ¿quién prepararía sus almas para el Cielo?, ¿quién? Quiso Cristo que yo fuese Cristo para llenar de Cristo a los que son de Cristo.

Ante estos pensamientos sólo pude gozarme en el Señor, y tomarme mi llamado con más seriedad, pues «el Espíritu del Señor Dios está sobre mí, porque me ha ungido el Señor para traer buenas nuevas a los afligidos; me ha enviado para vendar a los quebrantados de corazón, para proclamar libertad a los cautivos y liberación a los prisioneros»[3].

Es por esto que me encomiendo a las oraciones de todos ustedes, les encomiendo al P. Daniel García, mi compañero de misión, a todos los sacerdotes de nuestro Instituto y a todos los sacerdotes del mundo para que estemos a la altura de la misión que se nos ha encomendado; les pido que recen por nuestros enfermitos; y les ruego que, dentro de sus posibilidades, dediquen un rato cada semana a los enfermos y ancianos que los rodean a ustedes… Les trae tanta alegría recibir una visita… Algunos con este pequeñísimo regalo nuestro viven sus dolores con más alegría.

Recordemos aquellas sabias palabras de San Juan Pablo II: «El dolor y la enfermedad forman parte del misterio del hombre en la tierra. Ciertamente, es justo luchar contra la enfermedad, porque la salud es un don de Dios. Pero es importante también saber leer el designio de Dios cuando el sufrimiento llama a nuestra puerta. La “clave” de dicha lectura es la cruz de Cristo. El Verbo Encarnado acogió nuestra debilidad, asumiéndola sobre sí en el misterio de la cruz. Desde entonces, el sufrimiento tiene una posibilidad de sentido, que lo hace singularmente valioso. Desde hace dos mil años, desde el día de la pasión, la cruz brilla como suprema manifestación del amor que Dios siente por nosotros. Quien sabe acogerla en su vida, experimenta cómo el dolor, iluminado por la fe, se transforma en fuente de esperanza y salvación»[4].

Padre Pablo D. Pérez

Misionero en Paraguay por gracia de Dios

[1] San Juan Pablo II, mensaje del Santo Padre para la I jornada mundial del enfermo 11 Febrero 1993.

[2] Col. 1, 24: «Completo en mi carne lo que falta a la Pasión de Cristo».

[3] Is. 61,1.

[4] San Juan Pablo II, Homilía, Jubileo de los enfermos y de los agentes sanitarios, Viernes 11 de febrero de 2000.