Palpando la Misericordia de Dios

Hay momentos y momentos en la vida de un sacerdote. Están esos momentos en los que Dios te permite acompañarlo en su cruz, y existen también esos en los que uno puede saborear delicias del Cielo.

El día Domingo de la Divina Misericordia ha sido para mí uno de esos días en los que Dios te permite ver la grandeza del sacerdocio que gratuitamente nos ha sido dado. Ha sido un día en el que la Misericordia infinita del Señor se hizo sentir.

El día comenzó a las 6:30 de la mañana, cuando salimos con el P. Fernando Vicchi, nuestro superior provincial, con destino a la capilla Sagrado Corazón de Jesús para tener Misa a las 7:00. Como de costumbre, al abrir el portón de entrada nos encontramos con dos monaguillos que nos esperaban para acompañarnos en las labores.

Llegados a la capilla yo me preparé para la Santa Misa, y el P. Fernando se colocó una estola morada y comenzó a confesar.

La Misa fue preciosa, aunque con el toque tan especial de la falta de luz, cosas que pasan a veces hasta en el País de la segunda Hidroeléctrica más grande del mundo. El P. Fernando confesó todo lo que pudo, pero “el tiempo es tirano”, como dice el refrán, por lo que terminada la Santa Misa quedó un buen número de fieles que no pudo confesarse.

Luego de esto el P. Fernando se encaminó a la Parroquia, donde debía celebrar la Misa principal del día y luego darle una charla de formación a los catequistas, y yo, con los dos monaguillos que nos acompañaban y una señora fuimos a visitar a una anciana enferma de la comunidad que había pedido confesión.

Salidos de ahí, caminando por el borde de una hermosa reserva natural que hay al interno de la Parroquia llegamos a la capilla Sagrada Familia, donde tenía Misa a las 10:00. Al llegar me encontré con un buen grupo de niños que estaba afuera de la capilla esperando a sus catequistas, pero como yo sabía que había jornada de catequistas supuse que habría habido algún mal entendido.

Antes de entrar al templo, y luego de saludar a los niños, les dije en broma, “si no hay catequistas les tendré que dar la clase yo”. Y fui a dejar mis cosas en la sacristía. Inmediatamente salí y me encontré a todos los niños sentados y en silencio en los bancos de la iglesia. ¡Me estaban esperando! Así fue que entre chistes y preguntas improvisamos una clase de catequesis.

Al finalizar les di un rato de recreo antes de la Misa. Pero cuando salí varios de ellos me pidieron confesión, así es que me senté a confesar a los niños, y ya se formó otra fila de confesión de adultos también. Como no era mucho el tiempo que me quedaba, casi al horario de la Misa me levanté e inicié mi segunda Misa.

Concluida ésta nos trajeron de vuelta a la parroquia, lugar en el que me esperaba una familia que quería que fuera a bendecirles su nueva farmacia. Para allá salí de nuevo. Fue una bendición muy bella, sobre todo por la cantidad de gente que asistió.

Cuando terminamos la bendición les pedí que me llevaran de nuevo a la parroquia porque me esperaban los miembros del grupo de los “Servidores de San Simeón y Santa Ana” para el almuerzo.

La comida fue en un ambiente familiar y alegre. Sin embargo no duró demasiado porque ya era de nuevo la hora de la segunda conferencia que ellos tenían y que en este caso me tocaba a mí. Así fue que en la Iglesia tuvimos una conferencia-consejo del grupo donde revisamos y corregimos cosas de los estatutos de esta hermandad parroquial.

Al terminar a las 14:00 hs. tuve que colocarme de nuevo la estola, pues mientras los servidores volvían a sus hogares, comenzaba a llegar la gente de la Divina Misericordia para su Misa de la fiesta, que era a las 15:00 hs. Las confesiones se extendieron hasta las 16:40 hs. aprox. con la ayuda del P. Fernando, mientras el P. Daniel celebraba la Eucaristía.

A las 16:40 hs. tuvimos que dejar nuevamente una cola larga de fieles que quería confesarse porque ya era hora de salir para la capilla Virgen de Caacupé, donde tendríamos también procesión y Misa.

Llegados a esta capilla yo me dediqué a organizar algunas cosas de la pastoral del lugar, mientras el P. Fernando confesaba (cosa que hizo hasta después de la Misa de 19:00 hs.). Yo me fui a la procesión y luego celebré la Misa.

Todo había sido muy bello, mas el día aún no terminaba porque al llegar a la parroquia nos esperaban los jóvenes con quienes habíamos previsto una salida a comer pizzas.

Y así, el día que comenzó a las 6:30 terminó como a las 23:00 hs. Y ¿qué decir a todo esto? Solamente una cosa: ¡Gracias Dios mío por permitirme ser sacerdote! ¡Gracias por hacer tanto bien usando un instrumento tan sencillo! ¡Gracias, gracias y mil gracias!

No se olviden de rezar por nosotros los misioneros. Necesitamos de la limosna de sus oraciones.

En Cristo y su Santa Madre.

Padre Pablo Pérez, IVE

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