¡Los niños son de Cristo!

No quisiera perder la oportunidad en este día de San Bonifacio para recordar breve y hasta podríamos decir superficialmente una verdad que no encontramos de modo directo en los Evangelios, aunque sí se impone en ellos por la fuerza de los hechos[1], así como se ha impuesto a lo largo de toda la historia de la Iglesia. Esa verdad es la siguiente: Dios llama a su seguimiento más radical en cualquier momento de la vida, de tal modo que puede llamar a un niño, como a un anciano.

Digo que quiero aprovechar esta conmemoración de San Bonifacio o Wilfrido, como también es llamado, porque cuenta la historia de este santo que cuando él contaba tan sólo con 5 años pasaron por Wessex, su tierra, unos monjes que con su sola presencia llevaron al niño a pedirle a sus padres poder ingresar en la vida religiosa. Al principio sus padres, como es de esperar, le presentaron alguna resistencia, pero cuando tenía siete años debido a su insistencia se lo permitieron. Desde ahí, hasta los catorce años vivió lo que podría haberse llamado su seminario menor, pues fue formado por estos religiosos hasta que siendo un adolescente fue aceptado en el monasterio benedictino de Nursinling.

Santo Tomás de Aquino tiene un opúsculo llamado contra Retrahentes en el que hace una defensa profunda de la veracidad de la vocación religiosa que aparece en los niños, llegando a afirmar que todo movimiento hacia una vocación tan sagrada ciertamente que viene de Dios, pues ni el mundo, ni el maligno, y mucho menos nuestra propia carne pueden concebir aspiraciones tan sublimes.

Podemos pensar que los niños, aunque sean inmaduros en muchos sentidos, pueden ser elegidos por Dios para tomar una decisión propia de hombres maduros. Al respecto dice el Directorio de Misiones populares del IVE: (los niños) «están llamados a la virtud y ¿por qué no a la virtud heroica? se debe ayudar a los niños para que lleguen a ser como los  niños de Fátima, como Francisco, que ante las amenazas de muerte por no revelar el secreto de la Señora, consolaba a Jacinta diciéndole: “No llores, ofrezcamos este sacrificio por la conversión de los pecadores —y juntando las manos decía: Oh Jesús mío es por vuestro amor y la conversión de los pecadores”. […] Así pues, muchos niños santos, auxiliados por la fuerza del Espíritu Santo, lucharon valientemente por Cristo hasta derramar su sangre. No son pocos los niños que han superado a los adultos en el espíritu de sacrificio, y en la íntima unión con Cristo: San Tarsicio, Santa Inés, Santo Domingo Del Val, Santa Imelda, Santo Domingo Sabio, Santa María Goretti, por nombrar algunos, y tantos otros incluso aún de menor edad. Pues bien, se tiene por delante un inmenso jardín de almas, que deben transformarse en perfumadas flores para Dios Nuestro Señor. Es el Espíritu Santo quien reproduce en el alma de los niños, el Misterio de la Encarnación»[2].

De aquí que ante la posible aparición de vocaciones jóvenes o incluso infantiles entre nosotros debe ser un motivo de alegría, porque aún hoy Dios sigue llamando, y un motivo de trabajo en la virtud sobrenatural de la fe, que nos lleva a hacer el acto heroico de entregar un hijo, una hija o un ser querido a lo más sublime que existe, la vocación consagrada.

Pensemos en estas cosas y recemos con insistencia al Dueño de los sembrados que mande más obreros, porque la mies es mucha, pero los trabajadores escasean[3].

Padre Pablo Pérez, IVE

[1] Recordemos el ejemplo de San Juan Apóstol y Evangelista.

[2] IVE, Directorio de Misiones Populares, t. IV, nn. 5, 8 y 9.

[3] Conf. Mt. 9, 37-38.

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